por Martín Perletto
careca@argentina.com
Brasil, Argentina y el Primer
Mundo. Memoria y olvido a 29 años del
sangriento Golpe de Estado.
El calendario marcaba la
mitad del camino de los infames años
90 cuando, quien escribe, comenzó a
transformar la imagen, el símbolo,
del pañuelo en seres humanos comunes
con el extraordinario agregado de la dignidad,
el coraje y la coherencia.
Pasito a paso, el contacto
con ellas, las Locas de la Plaza de Mayo,
se fue haciendo más cercano, cotidiano
e íntimo a través de nuestras
Madres, las de la Plaza 25 de Mayo.
La primera gran emoción
llegó de manos de la sensibilidad de
Elenita Belmont; después vendrían
el afecto, la amistad y el orgullo que uno
siente al saber que hay reciprocidad en esa
comunión de sentimientos que nos une
con Elena, Darwinia, Norma, Chiche, Élida,
Marta, Irma...
Brasil y Argentina
Por razones personales,
estoy lejos de mi ciudad desde hace 75 días,
pero no de los afectos y la realidad. En estos
últimos meses, la dignidad ha perdido
a Irma, en Rosario, y a Olga, en Libertador
Gral. San Martín, patéticamente
conocido como Ledesma, nombre de la empresa
que desprecia a la gente que allí trabaja
y la enriquece y que, a pesar de ello (o,
quizás, por ello) confunde su nombre
con el de la ciudad.
Paradójicamente,
el hecho de estar lejos me permite escribir,
por vez primera, para Alapalabra. Lo hago
desde un lugar que se llama y habla distinto,
pero que no es más que otra manera
de decir Argentina: Brasil es tan bello, apasionante
y cruel como la Argentina. Brasil, como Argentina,
produce y exporta riquezas para consumir pobreza.
Brasil, como Argentina, como América
Latina toda, financia el lujo y el derroche
del Primer Mundo y del primermundillo
nacional con el hambre de su pueblo.
Brasil, como Argentina, sufre hoy la ambigüedad
de un gobierno nacional que confronta su política
simbólica con la concreta, en medio
de buenos índices de crecimiento de
la macroeconomía.
Reforma Agraria
El término ambiguo
fue utilizado días atrás, en
entrevista radial, por João Pedro Stedile,
el más conocido miembro de la Dirección
Nacional del Movimiento de Trabajadores Rurales
Sin Tierra (MST). Así definió
al gobierno de Lula, con el que mantiene una
aceptable relación, y sobre el cual
arrojó datos reveladores de esa ambigüedad,
dentro de la mesura de sus críticas:
1) El gobierno progresista
de Lula ha asignado menos tierras improductivas
a los campesinos privados de tierras que el
neoliberal de Fernando Cardoso, asignación
que no sólo es legítima sino
legal: así lo establecen el sentido
común y la Constitución Nacional.
2) Para el Presupuesto
2005, el Governo Lula rebajó
a la mitad el monto correspondiente al INCRA
(Instituto Nacional de Colonización
y Reforma Agraria), en un país que
es el segundo en peor distribución
de su tierra a nivel mundial.
Antes de tomar ambas decisiones,
el presidente brasileño se fotografió,
tras una reunión con el MST, con un
gorrito que decía: Reforma Agraria,
por un Brasil sin latifundio. Claro
que los brasileños pobres, casi la
mitad de un país que es el sexto en
peor distribución de la renta a nivel
mundial, no se alimentarán ni recuperarán
el orgullo de vivir de un trabajo digno gracias
a una gorra, como tampoco las riquezas argentinas
nutrirán el imprescindible mercado
interno a través de los desplantes
discursivos al FMI realizados por el millonario
señor feudal patagónico Néstor
Kirchner, quien paga religiosamente más
allá de su conveniente hemorragia verbal.
Nuestro medio país
pobre difícilmente acceda a una vida
digna a través de un gobierno nacional
y popular que lo hace vivir en los micrófonos
y lo ahoga en los hechos al distribuir la
renta nacional en forma aun más injusta
que en los 90, durante los neoliberales
gobiernos de la lacra justicialista y el monigote
radical.
La cuestión agraria,
sangrante herida latinoamericana, ni siquiera
es tema de debate nacional en la Argentina,
si bien nuestros índices de apropiación
y carencia de tierras no tienen mucho que
envidiar a los brasileños.
Unión latinoamericana
Casualmente,
Argentina y Brasil encarnaron, en 1865 y a
favor de la economía inglesa y los
privilegiados locales, una de las más
infames páginas de traición
de la historia continental: la guerra de la
Triple Alianza, a la cual arrastraron al Uruguay.
Tras 5 años de orgía de sangre,
Argentina, Brasil y Uruguay dejaron al Paraguay
sin 150.000 kms2, sin un millón de
personas, sin gobierno propio y sin desarrollo
autónomo; a cambio, le obsequiaron
las sólidas raíces de la deuda
externa (originalmente, con la banca inglesa),
gobiernos títeres y concentración
de tierras. Hoy, el Paraguay ostenta el patético
privilegio de ser campeón mundial del
latifundio, al tiempo que la deuda externa
le carcome anualmente alrededor del 30% de
su Producto Bruto Interno.
Seguramente, desde las
páginas de su diario La Nación,
portavoz de la oligarquía rural argentina,
el entonces presidente Bartolomé Mitre
debe respirar tranquilo: el Paraguay es un
país libre.
También en estas
hazañas se hermanan Argentina y Brasil.
En febrero, el Partido de los Trabajadores
(PT) perdió la pulseada por la conducción
de la Cámara de Diputados porque dividió
sus votos entre dos candidatos.
Esa duplicidad no se fundó
en las gruesas diferencias internas del partido
de gobierno sino en la más pura estupidez;
la misma que podemos ver en tantos otros ámbitos,
en Brasil y Argentina.
Hoy, 24 de marzo, vale
recordar esa imbecilidad tan nuestra y tan
común en esta fecha con un ejemplo
puntual: la pelea entre compañeros
para ver qué grupo pone la bandera
más cerca de las Madres y, sobre todo,
de las cámaras.
A la distancia, por el
inmenso respeto que debemos a las Madres y,
sobre todo, en honor a nuestros compañeros
desaparecidos, a quienes tanto se invoca,
que así no sea en este 24 de marzo,
ni tampoco en el día a día,
cuando tantos millones de argentinos sufren
un hambre inconcebible en un país tan
rico.
Del mismo modo, ojalá
comencemos a unir palabra y acción
porque, de no hacerlo, poca autoridad moral
tendremos para criticar las contradicciones
y la hipocresía de los de arriba.
Palhocinha,
Brasil, 24 de marzo 2005
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