El Equipo de Antropología Forense identificó al desaparecido 300

 

El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) anunció la restitución de 300 cuerpos NN, pertenecientes a desaparecidos, ubicados en 15 enterramientos comunes de distintos lugares del país. Este año se restituyeron 50 cuerpos, el ultimo fue el de María Cristina Lanzillotto, cuyos restos se hallaron en la fosa común del cementerio de Avellaneda, donde los antropólogos llevan identificado un total de 20 personas. Pero aún hay tareas pendientes, como el reconocimiento de otros 600 restos de cuerpos exhumados y bajo análisis.

 

El Equipo Argentino de Antropología Forense es una organización científica no gubernamental formada en 1984 para investigar los casos de personas desaparecidas en Argentina durante la última dictadura. Desde 1986, expandió su trabajo a otros 30 países, como Angola, Bolivia, Bosnia, Brasil, Chile, Colombia, Croacia, la República Democrática del Congo y El Salvador, entre muchos otros.

Desde sus orígenes, el EAAF empezó a trabajar con una base de datos propia, la que en este momento suma unas diez mil personas identificadas por nombre y apellido, sobre 300, de las cuales lograron restituir los restos.

Durante estos años el listado del EAAF cumplió una misión simbólica y política a la vez: reemplazó entre los antropólogos la idea de “los desaparecidos” por la idea de víctimas efectivamente muertas. Según Luis Fondebrider, integrante del equipo, ese problema se originó en los ’80, cuando nadie hablaba de las muertes porque aún había expectativas de sobrevida. “Pero si las personas no están vivas –insiste–, están muertas, no existe el limbo: en algún lado están.”

En los últimos años de trabajo los antropólogos concentraron sus excavaciones en los cementerios o enterramientos públicos de distintos lugares del país. El volumen más importante apareció en el cementerio San Vicente de Córdoba y en el de Avellaneda. De allí surgió la mayor parte de los 600 restos óseos que aún están bajo análisis. En Avellaneda, el Equipo extrajo entre 1988 y 1992 un total de 336 esqueletos; 59 eran de mujeres, entre las cuales se encontraron los restos de la riojana María Cristina Lanzillotto, secuestrada en 1976 y cuyo cuerpo se restituyó el último 11 de abril. Fuera de esos dos lugares, el EAAF abrió fosas y está trabajando en los cementerios de Lomas de Zamora, Ezpeleta, Berazategui, San Martín, La Plata y el Pozo de Vargas de Tucumán, Jujuy, en Salta, Chaco y Paraná.

Cabe resaltar los hallazgos en las cercanías del centro de detención clandestino La Calamita ubicado en la localidad de Granadero Baigorria, a pocos kilómetros de Rosario. El mas reciente y resonante fue el descubrimiento de los restos de Alberto Isidoro Lozada, el joven cordobés, militante del ERP, desaparecido desde mayo de 1975 y sepultado en una tumba clandestina del cementerio de la ciudad de San Lorenzo. Hay dos hipótesis acerca de su muerte. La primera sostiene que habría sido ultimado en el Batallón del Ejército 121, situado en las cercanías de esta ciudad. Y la segunda plantea que Lozada fue ejecutado por grupos de tareas militares en la población santafesina de Roldán.

Fuera de los cementerios, el EAAF también hizo excavaciones a partir de declaraciones de testigos indirectos o por una orden judicial. Pero esas búsquedas nunca dieron resultados. Por lo menos hasta el presente las únicas restituciones surgieron de cementerios clásicos.

Una hipótesis de trabajo distinta los condujo a buscar a aquellas víctimas de la represión que fueron arrojadas al mar o a los cauces de los ríos durante la dictadura. Esa gente, dice el antropólogo, “llegaba de los centros clandestinos de detención que tenían una mayor facilidad para acceder a recursos aéreos, como sucedió con la Esma o Campo de Mayo”. Según Fondebrider, aún no hay datos certeros sobre las víctimas desaparecidas en esas condiciones.

El destino de esos cuerpos no fue idéntico. Aunque muchos fueron enterrados en cementerios cercanos a las costas, sólo algunos lograron ser identificados, como sucedió el año pasado con Azucena Villaflor. Otros terminaron incinerados en osarios generales, incluso luego de 1983. Como hasta entonces no existían políticas públicas para preservarlos, lo que se recuperó dependió de la decisión de algún funcionario judicial o de un intendente que ordenó exhumaciones voluntariosas pero poco efectivas: muchas veces quedaron en manos de sepultureros sin conocimiento científico. Por esa razón muchos cuerpos se perdieron: “Se exhumaron mal o se quemaron –agrega Fondebrider–. Obviamente por esas circunstancias es que en 22 años encontramos solamente 300 cuerpos”.

 


Fuente: Página 12 y La Voz del Interior

 

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