Simplemente Edgardo

 

por Antonela Scocco

antonelascocco@yahoo.com.ar

 

Los sobrevivientes de los ‘70 aún transitan las calles rosarinas. Sobrevivientes que, a pesar de tanta muerte, siguieron por el camino iniciado en aquellos años. El Terrorismo de Estado no distinguió entre ateos y creyentes, judíos y católicos. Todos estaban en el camino equivocado. Ninguno respetaba los valores “occidentales y cristianos”. Por eso, muchos sacerdotes fueron asesinados y tantos otros debieron vivir amenazados por el miedo. En Rosario, uno de ellos fue el Padre Edgardo Montaldo.

 

“Ni Padre, ni Usted, yo soy Edgardo”, me dice, encargándose de recordarme que él no se encuentra por encima de nadie, sino al lado, siempre al lado. El Padre Edgardo Montaldo se sitúa a la par de quien lo necesita y esto no es solo un gesto, con esto les dice: “Si yo puedo, vos también podes”. Allí radica la diferencia entre el mero asistencialismo y la verdadera acción social. La diferencia entre la verdadera ayuda y el oprimir al otro utilizando la ayuda.

“Muchas veces tengo ganas de escaparme, no por la gente, sino por la mafia económica y política que te usa para contener a la gente. Dicen que Edgardo alimenta la delincuencia, entonces tendríamos que fusilarlos a todos los pibes, pero si no fusilamos a los que negocian con ellos, es al pepe, fusilamos a diez y mañana aparecen 150”, expresa emocionado, mientras el brillo de sus ojos demuestra un alma que no parece tener los 79 años que tiene. “Por eso los Pochos, los tantos Pochos, por eso León que vino también él poniendo notas de música... Porque esto se sostiene con música, con poesía”, entonces me cuenta que rechazó una propuesta de Rodríguez Saá, quien le ofrecía un camión de comida a cambio de que lo dejara ingresar a hacer campaña en el barrio.

Apenas llego a su casa, que se encuentra allí en la Vicaría, relata orgulloso que durante la mañana lo llamaron para consultarle su opinión acerca del aborto, porque el Papa una vez más había salido a “defender la vida”. Él les dijo lo que pensaba. Les dijo que muchos mas morían de hambre que en abortos, les dijo que el sistema es hipócrita porque asesina diariamente a miles de niños de hambre y después está en contra del aborto, les dijo que él estaba continuamente en contacto con madres adolescentes y veía la dureza de la situación. Les dijo lo que pensaba, porque Edgardo siempre dice lo que piensa.

Hace 38 años, desde 1968, Barrio Ludueña es el lugar de trabajo del Padre, trabajo que no hace para los pobres, sino que hace al lado de ellos. Sí, 1968, el año de las utopías, utopías que nacen en Francia y se trasladarán a Rosario. Utopías que intentaron ser silencias con sangre. Utopías que fueron seguidas por épocas de oscuridad.

Entonces, inevitablemente Edgardo nos cuenta lo difícil que fueron los años de la dictadura: “Tuvimos unos cuantos mártires y estuvimos marcados durante todo el proceso, hubo signos muy evidentes de que estaba marcado yo y también la gente que trabajaba conmigo”. “Montaldo es comunista y en cualquier momento desaparece”, le dijeron a una maestra del barrio durante un interrogatorio. Entonces, Edgardo relata la historia de una pareja de jóvenes que desde comienzo de los ‘70 trabajaba en el barrio: “Ya casados fueron a vivir enfrente de San Francisquito -Cafferata y 27 de Febrero- ahí les hicieron la vida imposible y se fueron a Buenos Aires, allá desaparecieron. Salvó la vida Matías, su bebito, lo salvaron los vecinos y luego fueron los militares a buscarlo. Como estaba medio enfermito no se lo dieron en adopción a nadie y fue a un hogar, entonces los abuelos lo rescataron. 19 años después Matías venía con su guitarra, así como habían venido sus padres”. A pesar de todo, siempre se vuelve, porque la Historia es una ronda igual a la que nuestras Madres vienen transitando desde hace 29 años.

Edgardo está convencido que no hemos perdido la batalla, convencido que las torturas y asesinatos, y el posterior “lavado de cerebros”, no fue suficiente: “El proceso qué hizo: cortó 30.000 cabezas de gente que quería otro mundo. Y a los sobrevivientes trató de castrarlos con el “no te metas en esto”, “por algo le pasó”... Pero a pesar de eso, la castración les falló bastante, porque vienen miles de jóvenes, la repercusión que tuvo la muerte de Pocho en el mundo, la gente que lo sigue a León Gieco...”, cosas que demuestran que tanta muerte no fue suficiente.

Cuando se aproxima el mediodía, la capilla Sagrado Corazón, donde se encuentra el comedor Betania, parece un hormiguero al cual poco a poco se van acercando las hormigas: son los niños de Ludueña que van a lo del Padre por su ración de comida. Pero la capilla no solo los alimenta, allí también funciona un taller industrial, un hogar diurno, una casa para jóvenes, talleres de oficio y espacios destinados al apoyo escolar y a la alfabetización. Es mucho más que un plato de comida, por sobre todas las cosas, se les trasmite amor. El Padre, que no utiliza los hábitos, los espera en la puerta y luego de anunciar con un micrófono a los cuatro vientos el menú del día y a qué turno le toca (ya que comen en tres turnos) los recibe con mucho afecto. No lo llaman Padre, sino simplemente Edgardo, porque es uno mas de ellos.




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