El enviado

 

por Jorge Cadús y Facundo Toscanini

 

30 años: Sotanas, complicidades y silencios. Otro adelanto del cuaderno de crónicas periodísticas "Un tiempo ayer ceniza" que relata historias de la dictadura en el sur de Santa Fe, el objetivo de la dictadura y su justificación ideológica.

 

1969. Rosario. Comienzos.

Proveniente de una familia muy católica, el joven Juan Ríos ingresó al seminario a los 18 años. "Yo tuve la inclinación hacia el sacerdocio desde muy joven. A los 12 años quise ingresar al seminario pero mi papá no me dejó", recuerda Ríos. Durante sus primeros años en el seminario estudió filosofía y se encontraba muy allegado a los más necesitados. Finalizaban los '60, y la Iglesia vivía aires de cambio y revolución: el Concilio Vaticano II marcó y dividió a la iglesia católica del siglo XX. "Yo había hecho una opción pastoral de un compromiso con la gente que no estaba de acuerdo con la jerarquía de aquella época. Participaba de reuniones con los sacerdotes que habían hecho la opción para el Tercer Mundo incluso fui amigo de muchos curas que renunciaban a sus ministerios y se iban a vivir a las villas".

 

1972. Ciudad de Vaticano. Teologías.

Este cura Juan Ríos de fines de los años sesenta no se parece en nada al que hacia el año 2006 será párroco y representante legal del colegio Santa Teresita del Niño Jesús, en la ciudad de Rosario. Algo debe haber ocurrido en el camino para cambiar su postura.

Ese algo, tal vez, fue su viaje al Vaticano, en 1972. Una beca que le otorga el sacerdote salesiano Mario Pichi, su mentor y principal referente. En el Vaticano estudia Teología en el Colegio Pontificio Latinoamericano de Roma. Más tarde, en 1975, se ordena como sacerdote y vuelve a Venado Tuerto donde permanecerá hasta 1978. Sin duda alguna éste no sería un viaje más en la vida de Juan Ríos. Su retorno al país coincidía con un momento de tensión extrema: con Perón ya muerto, el "Brujo" José López Rega manejaba como una marioneta a Isabel Martínez, la Triple A reprimía indiscriminadamente y el golpe de Estado estaba cada vez más cerca. Y Juan Ríos ya no se identifica con la opción pastoral de los más necesitados, la de los Curas Tercermundistas. Su postura ya es clara: lejos de unirse a la Teología de la Liberación, abraza la Teología de la Muerte.

 

Primavera de 1978. Máximo Paz. La llegada.

"Un domingo yo terminaba de dar misa en Venado Tuerto y me dice el obispo: 'Juancito, murió Bértolo'. Y yo le digo: 'Y ahora, monseñor: ¿a quién va a mandar?'", recuerda el cura Juan Ríos. Juancito iba todas las tardes a tomar un café al obispado, pero al ver que la espera para cubrir la vacante en Máximo Paz se demoraba, deja de ir. Tenía miedo de que lo designaran a él, cosa que luego ocurrió. "Yo no me quería ir de Venado Tuerto, estaba muy feliz allí. Mi trabajo era con la juventud, pero bueno tuve que aceptar ir a Máximo Paz".

Fue en la primavera de 1978. Los goles del "Matador", Mario Kempes, ocultan los gritos de los detenidos salvajemente torturados. En Máximo Paz se vivía una realidad paralela, se desconocía gran parte del que impartía el gobierno militar. Además, el pueblo esperaba ansioso la llegada del nuevo párroco, que según comentaban algunos "va a ser mejor que Bértolo". Esta algarabía, mezclada con cierta ingenuidad, llevó a que muchos paceños fueran a esperar al nuevo sacerdote a modo de caravana en lo que alguna vez se llamó el cruce de "Catalá", en la intersección de la Ruta 90 y la que une Bigand con Juncal. Allí fue recibido por el mismísimo presidente comunal de aquellos años, Odilio Raúl "Chilo" Brotto.

Pero, Juan Ríos no era para nada similar a Bértolo. Y menos aún después de aquél viaje al Vaticano. "Cuando llegué a Máximo Paz me encontré con una acogida muy fraterna y cordial, pero sinceramente, más de tres veces lloré. Yo sentí mucho el corte de actividad que venía realizando en Venado Tuerto. Máximo Paz era un pueblito muy chiquito, ya a la tardecita no anda más nadie por la calle", rememora el sacerdote.

 

1978. Máximo Paz. El dedo de dios.

Años duros eran los que se vivían en el país y momentos difíciles comenzarían a producirse en el pueblo. Hechos y actitudes que mostrarían como pensaba en particular ese nuevo cura llegado a un pueblito de sur de Santa Fe que, como la misma iglesia, era cómplice del horror. Al poco tiempo de llegado a Máximo Paz, el cura Juan Ríos se sentía solo. Añoraba sus actividades venadences. Fue allí cuando "lo adoptó" un grupo de gente de la localidad, con los que comía todas las noches en el Bochin Club Paz. "Eso me ayudó mucho y me hizo seguir adelante", contó Ríos.

Máximo Paz vivía entonces una intensa actividad deportiva e institucional. Los clubes estaban llenos de jóvenes que practicaban básquet, y sus comisiones directivas llenas de gente con muchas ideas y ganas de trabajar. "Los clubes cumplían un papel interesante, lastima las formas que empleaba el Club Social", dispara Ríos. Y sigue: "desde mi llegada siempre hubo una dureza del Social hacia mi persona. Yo tenía grupos juveniles y ellos los tomaban, se los llevaban al club y les lavaban la cabeza; desde allí los chicos dejaban de venir y de saludarme por la calle. Les metían todas esas ideas guerrilleras, porque ahí en el Social guardaban armas... y como la violencia no es ni evangélica ni cristiana yo no podía permitir esa situación. Yo era el enviado de Dios, era mi obligación combatir esas ideas fuertemente anticlericales".

Al enterarse las autoridades del Club Social de la acusación proveniente nada más y nada menos del cura párroco del pueblo, decidieron invitar a Ríos al club, para que el mismo pudiera comprobar que no existía el foco guerrillero al que el hacía referencia. Ríos nunca visitó el club, pero se mantuvo firme con sus denuncias infundadas. Frente a este situación, la directiva del club Social, decidió pedirle una reunión al sacerdote, quien extrañamente accedió a tal petición. Y ese, tal vez, haya sido el momento en donde aquél sacerdote formado bajo el ala de monseñor Pichi se mostró tal cual es. Tras los incesantes pedidos de explicaciones por parte de la gente del Social, Juan Ríos recurrió a una ya triste frase: "Yo digo que en el club Social hay armas de la guerrilla, y en todo caso, frente a cualquier autoridad provincial o nacional siempre será oída mi palabra por el peso de mi investidura".

 

2005. Rosario. Continuidades.

Al ingresar a su actual oficina en el colegio Santa Teresita del Niño Jesús en la ciudad de Rosario, impactan dos grandes cuadros. Uno con el rostro de monseñor Eduardo Mirás, arzobispo de la ciudad de Rosario, presidente de la Comisión Episcopal Argentina y militante del olvido y el silencio, de quien Juan Ríos se apura a decir "es mi obispo". El otro retrato es más reciente pero su sola estampa implica toda una posición, se trata del actual Papa Benedicto XVI. Desde el ventanal, Ríos aprecia "la majestuosa" torre de la ex- Fábrica Militar Domingo Mateu, que a su vez fue centro clandestino de tortura y detención, donde hoy funciona allí la Jefatura de Policía. "Yo soy capellán del Ejército desde 1997. El obispo me distinguió por mi trabajo asignándome esa hermosa misión. Soy capellán del batallón de comunicaciones y actualmente del comando del II cuerpo. Me inicié como capellán en la ex fábrica de armas, cuando todavía era obligatorio el servicio militar, dando catequesis", dice el cura.

A su vez, Ríos es confesó admirador de monseñor Guillermo Bolatti, quien fuera arzobispo de Rosario cuando se desató la represión en Villa Constitución en marzo de 1975. El mismo que agradecía, mediante una carta fechada el 5 de abril de 1976, a los militares por haber impedido que "los marxistas tomaran el poder".

30 años después del golpe genocida, Juan Ríos, el discípulo de Pichi, el admirador de Bolatti, el cura Juan Ríos, se confiesa: "Lo que algunos llaman represión, yo creo que fue necesario. Era una guerra, había que terminar con esas ideas perniciosas que afectaban el intelecto, nuestra manera de ser cristiana y en fin, a nuestro más acervo espiritual sintetizado en Dios, Patria y Hogar".




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