por Carlos del Frade
delfradec@ciudad.com.ar
Treinta
años después del comienzo de
la dictadura más sangrienta soportada
por el pueblo argentino, es necesario precisar
que la masacre y el consiguiente saqueo empezó
mucho antes. Mientras se repiten actos culturales
y musicales, se instala un curioso feriado
que desobligará a los chicos de las
escuelas -el principal lugar desde el cual
hay que trabajar la memoria, la verdad y la
justicia que tanto se proclaman-; ex funcionarios
menemistas de los indultos y radicales del
punto final y la obediencia debida se rasgan
las vestiduras y coinciden en el repudio que
no habían hecho hasta principios del
tercer milenio; y los mismos empresarios que
invirtieron para derramar la sangre joven
y trabajadora a fin de concentrar riquezas
en pocas manos continúan transitando
con impune y alarmante facilidad despachos
oficiales de todos los estados y siguen siendo
los próceres de los grandes medios
de comunicación que les entregó
el genocida Roberto Viola.
Mientras
todo eso ocurre, hay silencios cómplices
sobre los hechos anteriores al 24 de marzo
de 1976, ni tampoco se habla en torno a la
transición de 1983 y los padecimientos
actuales como consecuencia de aquella matriz
de sangre y dinero, de matar para robar. Lo
que sigue es el epílogo del último
libro de investigación del autor de
estas líneas El litoral, 30
años después. Sangre, dinero
y dignidad. Sus conclusiones, aquí
resumidas, hablan de esos agujeros negros
que siguen construyéndose a partir
de este desmesurado proceso de memoria selectiva,
aquella que evoca, emociona y homenajea, pero
que no acusa ni señala continuidades.
Un por qué
Manuales de contrainsurgencia,
fue lo que presentó Nicolaides para
defender sus crímenes de lesa humanidad.
Allí está una de las claves
para pensar estos treinta años que
separan el presente del golpe militar del
24 de marzo de 1976. El sistema económico
analizó que en el Litoral argentino
se estaba preparando una insurgencia, una
revolución y ordenó su liquidación.
El proceso de reorganización
nacional fue, en realidad, un proceso
contrarrevolucionario para reordenar la nación
a favor de unos pocos. Un orden que naturaliza
las diferencias sociales y que necesita de
todos los mecanismos posibles para que las
mayorías se eduquen en torno a la perpetuidad
del mismo orden.
El terrorismo de estado
fue matar para robar. Sangre y dinero. Obediencia
debida desde adentro de las grandes fábricas
y propiedades para domesticar a las nuevas
generaciones de trabajadores. Por eso la mayoría
de los desaparecidos fueron jóvenes
y trabajadores.
La matanza tuvo un por
qué: el pensamiento y el sentimiento
colectivo. Eso que se fue construyendo a partir
de los años sesenta y que cobró
entidad en miles de argentinos una década
después. Dejar de lado lo individual,
despojarse de lo propio y desterrar la idea
de la naturalización de las cosas y
los hechos. Sentir rebeldía, indignación
y vivir la existencia en relación a
los otros. Todos o ninguno, fue una consigna
cotidiana.
Semejante situación
era intolerable en las haciendas, en las fábricas,
en las escuelas, en las facultades, en la
iglesia, en las distintas instituciones. Había
que volver al orden de las minorías.
Y la matanza tuvo beneficiarios:
el poder económico, la dirigencia política
que desde los años sesenta intentaba
negociar y no transformar, los gremialistas
preocupados solamente por mantener las obras
sociales, la iglesia que santifica las riquezas
y los funcionarios engendrados por la mafia
resultante de la masacre.
En las cartas pastorales
de Devoto se puede encontrar la secuencia
del saqueo: despertar de la conciencia política
y social del campesinado a través de
las ligas agrarias, amenazas y persecución,
robo de tierras y éxodo de las familias
rurales. No fue una batalla militar, fue una
orgía de sangre y perversión
que cubrió el robo perpetrado contra
el pueblo del litoral. Porque al configurarse
el proceso como un proceso contrarrevolucionario
era necesario naturalizar la concentración
de riquezas y que los súbditos encontraran
fórmulas ilegales para acrecentar el
poder de los pocos y, de esa manera, medrar
desde el nivel de socios menores de los señores
de guante blanco.
En las fábricas
ya no hubo más activismo gremial diferente
al impuesto por las burocracias. Las conquistas
laborales quedaron como hechos melancólicos
de otros tiempos.
Pero esta contrarrevolución no comenzó
el 24 de marzo de 1976, sino mucho antes.
Allí está
Nicolaides presentando los Manuales
de contrainsurgencia basados en enseñanzas
francesas de principios de los años
sesenta. O las declaraciones del ex comandante
de Gendarmería, Agustín Feced,
señalando que trabajaba desde la época
vieja en contra de las estructuras del ERP
y Montoneros. Y que lo siguió haciendo
durante la efímera democracia entre
1973 y 1976.
Por eso el libro descubre
que los aparatos represivos fueron implementándose
desde los años sesenta y que ningún
gobierno provincial hizo algo para denunciarlos
y desmantelarlos.
En forma paralela, la designación
de jueces y su labor durante los años
de la dictadura, muestran que favorecieron
a los intereses de los patrones de los títeres
macabros que terminaron siendo los integrantes
de las fuerzas armadas y de seguridad.
La clase política emergente del año
1983 sería aquella que se enfrentó
al deseo de cambio profundo en la región
y en el país. La misma que tuvo contacto
con militares, integrantes de la Triple A
y con el poder económico que desterró
la idea de una mejor distribución de
la riqueza.
Mataron para robar. Acindar
pagó secuestros y torturas, después
pidió créditos externos que
nunca canceló, el estado socializó
aquella deuda en 1982 y luego despidió
por miles en los años noventa.
Demostraciones
En estas páginas
surgieron testimonios que demuestran algunas
cosas:
1. El pasado sigue abierto
y descubriéndose en el presente.
2. Pesadillas impuestas
por impunidad y sueños colectivos inconclusos.
3. En Formosa empezó
a discutirse una masacre del año 1947.
4. En la misma provincia
hay rehenes políticos en las elecciones
como a finales del siglo diecinueve.
5. Allí se demostró
el robo de tierras a partir de la dictadura
a favor de los grandes propietarios y sus
socios menores.
6. En Misiones acaban de
pedir la detención de un ex gobernador
y un ex ministro durante los tiempos del terrorismo
de estado. ¿Por qué no pasa
algo similar en las otras provincias?
7. Allí en Misiones
la desaparición de un científico
está íntimamente vinculada a
los intereses de las grandes explotaciones
celulósicas.
8. En Corrientes, las homilías
de monseñor Devoto dan testimonio del
grado de organización que alcanzaron
las Ligas Agrarias, la molestia que generaban,
la persecución que sufrieron a partir
del golpe, el posterior saqueo de sus tierras,
el consiguiente empobrecimiento del campesinado
y la migración a otras provincias del
país.
9. Empresas tabacaleras
y yerbateras fueron sostenedores y beneficiarias
del terrorismo de estado y lo continuaron
siendo en democracia.
10. La Sociedad Rural correntina,
en pleno año 2005, pidió por
la libertad de un genocida que fuera presidente
de la entidad.
11. En el Chaco, la masacre
de Margarita Belén es una síntesis
de la ferocidad del terrorismo de estado,
pero también muestra la existencia
de pactos de sangre y silencio que trasciende
a las fuerzas armadas y de seguridad.
12. En esta provincia se
reciclaron militares y policías durante
la democracia.
13. Las inundaciones que
castigan periódicamente a la población
chaqueña son obra y gracia de la corrupción
y negociados realizados durante el terrorismo
de estado.
14. En Chaco, Corrientes
y Santa Fe se demostró cómo
se vaciaron los bancos provinciales a favor
de los empresarios que aplaudieron la orgía
de sangre.
15. En Entre Ríos
surgieron empresarios como Alfredo Yabrán
y se reciclaron policías, militares
y contratistas de la dictadura en democracia.
16. Lo mismo se verificó
en Santa Fe.
17. En esta provincia,
el segundo estado argentino, la dirigencia
política que se hizo cargo de la apertura
democrática fue la misma que se había
desarrollado en forma paralela a los aparatos
represivos, la Triple A, las fuerzas armadas
y de seguridad y tuvo contactos con la cúpula
eclesiástica. Esto no quiere decir
que se trató de una dirigencia cómplice
porque eso es a todas luces injusto. Pero
si es cierto que el grueso de esa dirigencia
política, gremial, empresarial y social
-al igual que vastos sectores de la población
en general- acompañaron la dictadura
hasta finales de 1978 y luego comenzaron a
distanciarse.
Alfonsín denunció el 25 de abril
de 1983: Lo que a mi me ha llegado son
acuerdos que se producirían entre el
general Nicolaides, Suárez Mason y
el general Trimarco con algunos hombres del
sindicalismo y añadió
que es la misma estirpe burocrática
que hoy fabrica la trampa de la que conspiró
para el derrocamiento del gobierno constitucional
en 1966 y el posterior ensayo corporativo;
es la misma estirpe que se mezcló con
el terrorismo de las Tres A cuando se pretendía
controlar con el miedo a las bases sindicales.
Aquella postura de Alfonsín fue confirmada
a lo largo de la presente investigación,
pero las complicidades no están solamente
en sectores gremiales ni peronistas, sino
en casi todo el arco político que va
desde el PDP, MID, PSP, UCR hasta el PC, según
lo demuestra de manera brillante la socióloga
María de los Ángeles Yanuzzi
en su libro Política y dictadura.
Pero lo nuevo que suman estas páginas
es que ese tipo de acuerdos, de negociaciones,
venían estableciéndose de mucho
antes del golpe de estado de 1976.
18. Esa misma dirigencia
que atravesó los últimos cuarenta
años en buenas relaciones con militares,
grandes empresarios y cúpulas eclesiásticas,
parieron una justicia afín a esos intereses.
19. La represión
se fue preparando desde finales de los años
cincuenta y se profundizó a partir
de los años setenta.
20. La frágil democracia
de 1973-1975 no pudo ni quiso desmantelar
los aparatos represivos que se fueron gestando.
Esto aparece en los testimonios recogidos
en cada una de las seis provincias del Litoral.
21. Las organizaciones
armadas cometieron grandes errores políticos.
En estas páginas se resalta el intento
de copamiento del batallón de Formosa,
el pase a la clandestinidad de Montoneros,
la escasa democracia interna y la excesiva
militarización que subordinó
la política.
22. Sin embargo, los militantes
revolucionarios de los años setenta
tenían un caudal de dignidad, compromiso
y amor, raramente observable en otras etapas
históricas.
23. Así como se
desmanteló el aparato productivo, los
convenios colectivos de trabajo, también
comenzó a destruirse la educación
como un factor de identidad y desarrollo nacional.
No solamente por el traspaso de las escuelas
primarias a las provincias, el descenso de
las inversiones en ciencia y tecnología,
sino también por el desprecio a la
cultura propia. De 8 mil palabras que usaban
los argentinos en 1975, se pasó a ochocientas
en 2004. Un feroz saqueo que dejó sin
palabras a varias generaciones. Sin palabras,
las convirtió en adictos. Adictos a
cualquier cosa menos a la pasión por
el otro, eso que solamente da la militancia
política, gremial y social. Aquello
que fue condenado y satanizado hace treinta
años.
24. Roberto Eduardo Viola,
Leopoldo Fortunato Galtieri, Ramón
Genaro Díaz Bessone, Cristino Nicolaides,
Martín Balza, Ricardo Brinzoni, son
nombres de militares que llegaron a ocupar
altos cargos a nivel nacional en las últimas
décadas. A todos ellos los une el mismo
origen de su poder: haber estado en las entrañas
del Segundo Cuerpo de Ejército, con
jurisdicción sobre las provincias de
Formosa, Misiones, Chaco, Corrientes, Entre
Ríos y Santa Fe.
25. José Alfredo
Martínez de Hoz, Alcides López
Aufranc, Ángel Malvicino, Navajas Artaza,
Alfredo Yabrán, son los exponentes
de un poder empresarial que modificó
la estructura productiva de la región
y el país a partir del genocidio.
26. El silencio que generó
la iglesia sobre la pastoral de Carlos Ponce
de León y en menor medida sobre Vicente
Zazpe y Alberto Devoto, contrasta con los
ejemplos de militancia y humanidad que multiplicaron
durante los años setenta. Ese cristianismo
que enraizaba en las masas no es funcional
a los que santifican la crucifixión
cotidiana de las mayorías o que, por
lo menos, naturalizan la exclusión.
27. Mientras que en Formosa
se descubre un archivo del terror en donde
la Policía Federal resulta la fuerza
de seguridad con mayor cantidad de datos,
en la provincia de Santa Fe no hay un solo
miembro de ella que esté imputado por
su participación en el esquema represivo.
28. Es evidente que no
se quiere investigar y discutir en profundidad
qué fue la Triple A. No solamente a
nivel regional, sino también a nivel
nacional. Su origen relacionado con la Federal
en connivencia con algunos sectores sindicales
está entramado con intereses del presente.
Hay sectores dirigenciales que acompañaron
el desarrollo del aparato represivo y que
hoy denuncian los crímenes de lesa
humanidad cometidos durante la dictadura pero
no quieren hacer mención a lo que sucedió
antes. Nadie habla de la época vieja,
como diría Feced, el ex jefe de la
policía rosarina.
29. Todavía no hay
una lista definitiva de desaparecidos en ninguna
de las seis provincias del Litoral, como tampoco
existe un relevamiento exacto de niños
nacidos en cautiverio o dados en adopción
en aquellos años.
30. Este libro apenas intenta
generar un espacio de discusión pública,
más allá de la suerte que corran
las causas presentadas en la justicia ordinaria,
sobre quiénes se beneficiaron con la
masacre y por qué ocurrió.
A seguir andando, nomás
Por eso, el Litoral, treinta
años después, puede sintetizarse
en sangre, dinero y dignidad. La rebeldía
que se hace memoria y presente, búsqueda
de felicidad para los que son más en
las antiguas posesiones de los guaraníes
que buscaban la tierra sin mal. En los puentes
existenciales aparece la obstinación
de aquellos que siguen peleando en pos de
una salida colectiva, con justicia y futuro
para todos.
A treinta años del
golpe, en cada una de las seis provincias
que componen el litoral argentino, sigue latiendo
el sueño colectivo inconcluso de un
país libre, en donde los pibes puedan
ser felices. Maravillosa gambeta a los proveedores
del odio. No pudieron ni la muerte ni el poder.
Una vez más, treinta años después,
el amor les ganó la pulseada y va por
más.
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